
Una semana después Franco se encontró con Camille.
Estaba sentada en la marina, los pies colgando. Esperando que el hombre asomara la cabeza de dentro de la embarcación.
-su barco no tiene nombre, le dijo a modo de saludo
-tiene, pero no se lo pinté aún...
-por unos machacantes, le hago el trabajo..., proa y popa, quedará bien
-no tengo dinero, o mejor dicho, tengo que comprar refacciones para el motor y no sé...
-si me lleva del otro lado de aquella isla, tres veces, a bucear perlas quedamos a mano, dijo Camille señalando al horizonte, soy buena buceadora.
Franco miró a la chica atentamente, su silueta no estaba nada mal, y él hacía meses que no estaba con una mujer..., pero era demasiado joven, le llevaría treinta años o más.
-si el trabajo queda bien te llevaré cinco veces a pescar perlas, te parece bien?
-es un trato!
-mi nombre es Franco, y tutéame
-mi abuela me enseñó que a la gente se la trata de Ud, dice que es por respeto
-tu abuela?
-ahá, ella me crió
-tu abuela es colombiana?
-no sé.
-bien, conoces a alguien que sepa de motores o venda repuestos o ...?
-Anselmo, si está roto, lo arregla, lo que sea.
-y cómo lo encuentro?
-del caserón del muelle, tres calles arriba, no se puede perder, tiene una camionetita parada en la puerta del taller
-bueno, entonces iré a ver. Saltó al muelle y rumbeó para la casona.
-eh!!, llamó Camille, como se llama el barco?
-"mordisko II", gritó Franco
-morisco?
-"Mordisko II", con K. Y siguió caminando
Camille pasó su mano por la suave superficie del casco. Todo un pura sangre el catamarán. Y la chica lo acarició con placer.
-muy bien, murmuró, está tarde te traeré la pintura y los pinceles y todo el mundo sabrá tu nombre "Mordisko II",... y que habrá sido del "Mordisko I"?
Se encogió de hombros, subió a su bicicleta y partió.
Desde lejos, Xavier observaba los movimientos de la muchacha. No sabía si tener celos o no, el hombretón era mayor, podía ser hasta el abuelo de Camille, sin embargo..., por qué le hablaba con tanta confianza?, eso no estaba bien. Esa tarde iría al malecón y la aconsejaría, ella no podía andar así. Al fin de cuentas él sabía de sus sentimientos..., una mujer educada no andaba por ahí hablando con cualquier extraño. Ella tenía que hacerle caso, tendría que hacerle caso. Era por su bien..., y sino, ya vería de hablar con el extraño.
Franco golpeó las manos para hacerse notar,
-hay alguien?
-aquí abajo, contestó Anselmo, mientras se asomaba debajo de un auto de dudosa apariencia. No se engañe, a pesar del aspecto anda bien, no ponga esa cara... bueno, qué necesita?
-tengo un catamarán con un Perkins viejo, en muy mal estado, pensé que tal vez podría echarle una ojeada...
-se detuvo o hace ruido?
-taca...taca...taca un rato, y en un momento fue un fuerte PACK!!, y murió
-Si murió... tendrá que buscar un enterrador, pero los Perkins a veces se convierten en Lázaro, deme tiempo hasta la tarde, iré con algunas herramientas y mi título de forense, dijo Anselmo con una sonrisa.
-lo espero..., y, diga, estoy harto de comer a bordo, sabe de algún lugar de comida casera y precios razonables?
-la casona del muelle, "El lido", de día se come bien, el "pecado" comienza recién al atardecer dijo con un guiño.
Franco volvió sobre sus pasos hasta "El lido". Entró, miró el menú borroneado en una pizarra ubicada junto al mostrador, y me dijo
-eh, muchacho, quiero un plato de guiso, callos hay?, pan fresco, y media jarra de vino..., y silencio, me gusta comer sin que me hablen.
Y así nos conocimos.